octubre 17, 2009

viernes 7 am

Adolf Loos y yo, él al pie de la letra, yo de palabra, no hemos hecho sino mostrar que hay una diferencia entre la urna y el orinal y que con esta diferencia juega la cultura. En cambio los otros, los defensores de los valores positivos, se dividen en dos grupos: los que confunden la urna con un orinal y los que confunden un orinal con una urna. Karl Kraus

Ayer estuve de metida en una clase de Juan Carlos Aguilera sobre A. Loos y A. Schöenberg. Luego proyectar una foto de Loos, saltó, sin previo aviso, al esquema de la dodecafonía (ese de los números y las elipses que no he podido encontrar). Inmediatamente -si no me lo hubiera dicho y no hubiera investigado un poquito la noche anterior- habría surgido en mi cabeza la pregunta: ¿qué tiene eso que ver?

(Qué bueno es cuando las clases empiezan con dudas. Mientras él hablaba miré alrededor las caras de los estudiantes: desconcierto. Esa cara que debimos tener todos en la primera clase con Talavera, por ejemplo, cuando no entendíamos casi nada de lo que nos decía, y que nos obligó a leer, preguntar, buscar, para poder seguirle el hilo.)

Siguió con un recorrido corto por Schöenberg, Webern y Berg -los tres vieneses- y su preocupación por replantear el sistema musical, desmontar, recomponer; ahí entró Loos, preocupado por hacer la misma operación pero en la arquitectura. Y así fue paseando por la Viena de las primeras décadas del siglo veinte, llendo de la música a la pintura, del periodismo a la arquitectura... soltando datos, explicando ideas, poniendo videos hasta armar un retrato difuso. Una suceción encantadora de hipervínculos que me dejó muy antojada de oirlo, leerlo, verlo todo.

Me alegra que personas así vuelvan a la universidad. Mucho que aprender de él, de su experiencia en Barcelona, de su conocimiento de la música, de su interés por el cine...





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